Quizás me he divorciado para siempre de todo movimiento social que se diga "por los pobres", pues en mi raciocionio se ha fijado irremediablemente su asociación con los conceptos de "manipulación" y "abuso". Inestimablemente la confianza que tenía en una visión de izquierda (humanista, liberal, democrática, y con un firme compromiso con la lucha contra la desigualdad política, social y económica), se ha menguado. Y ya no me extraña. Veo casi con naturalidad que los panistas salgan en la televisión autoproclamándose humanistas y liberales, y veo a la "izquierda" hecha un manojo de inmadurez política, ansiosa del conflicto social y abrumada por sus propios intereses (que no precisamente son los que mencionaba arriba). Me pesa tener que creer que no hay opciones de gobierno sensatas, y repudio el haber aceptado que podría ser más positivo para "una agenda de izquierda moderna" (según yo la entiendo) el triunfo de una opción política asociada a grupos religiosos y empresariales.
Ayer, evitando oír una vez más todos los desplantes de los distintos actores políticos, me quedé viendo por más de 10 minutos un maldito reality show de televisa en que "lo cool" eran los prejuicios, los estereotipos y el entretinimiento más hueco e irrelevante que he observado. Pero lo ví, y fue un alivio que me llenó de pena y tranquilidad. Finalmente apagué el televisor, pero el gusanito regresó y luego vi uno más de los, ahora tan comunes, programas de opinón, y me sorprendí al escuchar una y otra vez palabras como "insurrección", "choque", "años", "irrelevante" (sobre la decisión del TEF)... Y entré en jaque una vez más hasta que mejor apagué el televisor, ahora definitivamente.
yagunzhe
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En la mente de los magistrados
Sergio Zermeño
En la mente de los jueces que tendrán que decidir en torno a esta infortunada elección habrá cuatro tipos de consideraciones: las tres primeras, evidentes; la cuarta, no tanto, y más nos vale presentarla organizadamente para que ni los magistrados ni nadie se olviden de ella.
La primera está a la vista de todos: el simple recuento aritmético de los paquetes abiertos no vino a facilitar las cosas, sino a empeorarlas porque la distancia entre los dos candidatos se ha acortado y un cómputo total de votos sólo reduciría aún más esa distancia.
La segunda, y más significativa aún, es que las anomalías (ocultamiento de actas, deficiencias contables, sellos rotos, paquetes abiertos, tacos...) fueron la regla, no la excepción, y algo más: hay evidencia de que tales anomalías siguen un mismo patrón, siguen un plan premeditado.
La tercera es que la intromisión del Presidente de la República y de los programas de la Secretaría de Desarrollo Social, la complacencia y la parcialidad del Instituto Federal Electoral (IFE), la participación ilegal de los grandes capitales y sus altoparlantes -las dos televisoras- rompieron escandalosamente la equidad de todo el proceso.
Pero vamos a la cuarta, porque es la de mayor importancia, aunque su visibilidad aun no sea tan grande. El asunto es que el pegamento que ha mantenido unidos a los mexicanos se está diluyendo por varias razones y en los distintos niveles en que la sociología política basa la cohesión de una sociedad nacional:
Uno: desde hace un cuarto de siglo el nivel de vida de la enorme mayoría de la población se ha venido deteriorando, y los endebles paliativos ante esta masa de pobres, que no han sido los programas gubernamentales, sino las remesas de los migrantes, la derrama del narcotráfico, el comercio informal y el contrabando, están alcanzando su límite como paliativos mientras nuestros compatriotas se hunden en la anomia y la violencia.
Dos : en los años del foxi-panismo los mexicanos hemos asistido maravillados al espectáculo obsceno y descarado del maridaje entre el poder político y el poder económico; hoy tenemos ante nuestros ojos, sin filtros ni velos, un régimen gubernamental al servicio de los intereses del gran capital, que es, con excepción de Carlos Slim y unos cuantos más, capital extranjero.
Tres : estamos atestiguando, hasta de manera plástica, en los muros, en los pavimentos y en las banquetas, el reblandecimiento de nuestras instituciones: un Presidente asediado en cada acto público que hoy nos invita sollozante a defender a esas instituciones, mientras se alquiló como matraquero del panismo durante toda la campaña; un sistema judicial que ya se compró su televisora, se ha subido el sueldo hasta las nubes, exonera con los más absurdos argumentos a los delincuentes de angora (Espinosa Villarreal, el góber precioso, Arturo Montiel, los hijos de Martita...), y no se quiere dar cuenta de que su toga, su birrete y su púlpito cada vez impresionan menos; unos consejeros electorales que urge desalojar, antes de que acaben de hundir al IFE.
Cuatro: unos diputados cuyo único consenso consistió en legislar para aumentar el poder de los monopolios televisivos.
Cinco : unos medios de comunicación cuyos reporteros y cámaras comienzan a ser expulsados del espacio público y de los actos no custodiados.
Seis: una cadena de enfrentamientos que alinean al escenario social en bandos clasistas enfrentados y evidencian la pésima articulación entre las exigencias sociales y unos aparatos de gobierno que debieran responder a ellas (Sicartsa, Oaxaca, Atenco...).
Siete: una sociedad que está dividida en dos y ve cómo su ala izquierda y su ala derecha (desde yunques hasta guerrillos, con el renacimiento del porrismo de todos los signos) se radicalizan y se preparan para el enfrentamiento y la violencia...
Todos sabemos que el lenguaje jurídico puede encontrar argumentos para fundamentar cualquier decisión o la contraria, pero ante los factores enumerados, ¿de veras el veredicto de nuestro tribunal electoral dará por ganador a uno de los contendientes? Nadie queremos celebrar el centenario y el bicentenario con otra gesta revolucionaria, por ello debemos pedir al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación que medite muy bien su veredicto, que recuerde que una anulación de estas elecciones redundaría, en primer lugar y de manera contundente, en la paz pública y en la concordia entre los mexicanos.
La Jornada, Jueves 17 de agosto de 2006
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