Las peores noches de nuestras vidas
Antonio Ortuño
Antonio Ortuño
Vi a unas ancianas rezar para que Felipe Calderón remontara en el conteo final y bailar algo parecido a la danza de los machetes cuando lo hizo ("Los perredistas no rezan porque saben que no les conviene", decía la más arrugada, en plena euforia). Vi a otra anciana, desarrapada, llorar en su puesto de tacos, de madrugada, mientras el radio confirmaba la ventaja de Calderón ("Ya nos robaron estos hijos de la chingada, ya nos partieron la madre de nuevo"). En la tele, una joven lamentaba la aparente derrota de López Obrador "porque tiene un corazón de oro". Un muchachito de lentes asomaba por la ventana de un automóvil bramando el grito bélico de la izquierda: "¡No pasarán!" Un tipo de mezclilla, algo viejo, bromeaba: "Nunca hay que decir eso, porque como en España y Chile, pasan." En un restaurante, la gente se puso de pie a aplaudir cuando la ventaja de Calderón fue declarada "irreversible", una ventaja de 250,000 votos, estrecha incluso en la disputa de una alcaldía. No: ni Arthur Gordon Pym vio cosas peores.

Vi a personas generalmente razonables convertidas en heraldos de un bando, prometiéndole al enemigo una variedad de castigos que no ignoraba el escarnio público y que llegaba a incluir la auditoría de gestión, esa versión mexicana del fusilamiento. Vi, como todos, una votación copiosa y unas autoridades electorales rebasadas por una fuerza irresistible, que algunos llamarán el Pueblo, otros la Historia y que yo relaciono con una epidemia de cólera.

Vi a los articulistas de los diarios y hasta a los vecinos más simplones atizándose de marrazos verbales, acusándose mutuamente de ineptos y vendidos aunque se dediquen a la venta de jícama o dulce de leche y se saludaran amablemente todavía la tarde anterior. Como en una película de zombies, los mexicanos pasaron de la incredulidad ante los políticos a la pasión más insana por ellos, y decidieron que este verano, que estas elecciones, eran el momento adecuado para salir a comer sesos. Sesos de adversario o propios, lo mismo da.

La cosa fue empeorando. "Es como ver unos penales", declaró Elvia, una secretaria teñida de rubio, en medio de una multitud inmóvil frente al televisor. En pantalla, el Consejero Presidente del ife declaraba por primera vez (y vendrían más) que el resultado de las elecciones era demasiado cerrado para dar un ganador. Elvia atinaba y se equivocaba también. No eran unos penales, porque nadie más que el tirador se juega el futuro en unos penales: si el balón da en el poste, pues los despechados quemarán su casa, pero poco más. Sin embargo la noche, las noches, en que los conteos preliminar y definitivo dieron la ventaja a Felipe Calderón sobre Andrés Manuel López Obrador serán recordadas como una suerte de final futbolera, final monstruosa a ida y vuelta y de decenas de horas de duración, tensa, crispante, odiosa, con llanto final y pataleta del vencido y cursi epifanía del ganador (salvo que el árbitro añada algo al asunto, cosa que está por verse). Una final mal jugada que nos dejó a todos enojados con todos.
El choque de trenes era predecible, pero no deja de resultar aparatoso. Estuve en la ciudad de México la semana previa a las elecciones y el ambiente era de vísperas de coronación papal. Los connaisseurs hacían cábalas sobre el gabinete de López Obrador y la ubicación de sus cuates en él, y los de a pie escuchaban con la seguridad de los conversos. "¿Qué tal, joven? ¿Va al cierre del Presidente de la República?", me preguntó un taxista cuando le pedí que me llevara a una dirección en la calle Isabel la Católica. El contrasentido de su frase era encantador: "¿Cómo presidente si todavía no son las elecciones?", repliqué en prudente voz baja (un taxista anterior me había bajado de su vehículo, indignado porque llamé Peje al Peje). "Uy, joven, pero pos ya es un hecho que gana el amlo y, la neta, qué bueno." Como exigía el eslogan de la coalición Por el bien de todos, el taxista sonreía: sabía que iba a ganar.
La verdad es que yo no iba al cierre de campaña de Andrés Manuel López Obrador en el Zócalo (no me imagino en las cercanías de 250,000 personas que estén de acuerdo en lo que sea, sin que me domine un deseo intenso de huir). Pero me quedó claro que en la ciudad de México no había siquiera necesidad de urnas: la victoria electoral del ex jefe de gobierno se daba por descontada, incluso entre sus rivales. Con razón nadie cree que el Peje haya perdido. En sus cabezas, las elecciones ya habían tenido lugar.
De regreso en Guadalajara, el viernes anterior a la votación, el panorama era inverso. Había miedo, se respiraba un ambiente de villa romana a la espera de los vándalos. Otro taxista (hay que aceptar que los conductores, cuyas opiniones se van cocinando al calor de las de su pasaje, son lo más cercano al "ciudadano promedio" que veremos jamás) me confesó su rabia ante la posibilidad del triunfo de López Obrador: "Los pinches chilangos están acostumbrados a que les paguen todo, a que les subsidien la leche, el metro, la escuela, y hasta los pinches sepelios. Por eso quieren en la presidencia un cabrón que les siga dando chichi." El miedo al Peje llegó al extremo de que el pan local, que lucía tambaleante o derrotado días antes, ganó la gubernatura de Jalisco, el congreso local, los municipios metropolitanos de Guadalajara y hasta la dirección del club de leones, si hemos de hacer caso a los chistes.
El mapa tras el 2 de julio muestra un país partido en dos (como en un ying y yang, apenas un par de estados disidentes rompen la unanimidad de los dos grandes bandos regionales). El norte azul, el sur amarillo. Es caricaturesco y asombroso, como si México entero se hubiera convertido en un cartón político habitado por puercos con sombrero de copa y esqueletitos vestidos de campesino. Se acabó la distancia crítica, se acabó la reserva ante los políticos, y pareciera que el cuarenta por ciento de abstencionistas hubieran simplemente desaparecido, como cuando se ajustan las cifras de las encuestas.

Y se refugia uno en unos tacos, pero el virus ha llegado allí también. "Ahora sí va a ponerse cabrona la lucha, pendejo, y se las van a cobrar todas a tus pinches panistas", dice un gordito de lentes, con dedo admonitor. Y un tipo indistinguible, otro gordito de lentes que lo mira como en un espejo, le responde: "Mira, güey, cada vez que hay lucha, ustedes salen perdiendo. Así que cállate el hocico o aquí te lo parto."

Seguro que ni en Weimar ni en la República Española ni en la Torre de Babel eran tan ocurrentes. ~

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