A orillas del Mississippi
Eliseo Alberto
“Cásate. Si por casualidad das con una buena mujer serás feliz; si no, serás filósofo, lo cual siempre resulta útil para cualquier hombre”, escribió Sófocles, y Richard Dick Cheney, alias VIP El Insípido, también llamado Backseat (“asiento trasero”), parece demostrar la hipótesis en carne propia. Silencioso, astuto, desconfiado, el vicepresidente de los Estados Unidos de Norteamérica no se distingue precisamente por la hondura de sus pensamientos humanistas, tal vez porque desde 1964 está enamoradamente casado con la escritora Lynne Ann Vincent, su novia de secundaria. “Dick y Lynne son tal para cual”, ha dicho un amigo de la familia. Tienen dos hijas, y ambas colaboran con fervor en las campañas propagandísticas de su padre. La mayor, Elizabeth, los hizo abuelos de tres nietas primorosas; Mary, la menor, les ha dado desde la adolescencia enormes dolores de cabeza. Gracias a ella, el “sabueso tras el trono” (según la revista británica The Economist) tuvo la oportunidad de comportarse con gran entereza, al menos una vez.Richard Cheney tenía trece años de edad cuando, en 1954, sus padres decidieron abandonar su natal Lincoln, Nebraska, para buscar fortuna en Casper, Wyoming. En aquel cruce de caminos, a orillas del río Platte, el joven Chaney conocería a las dos personas que cambiarían el rumbo de su vida, hasta entonces un tanto descarriada: la rubia Lynne Ann Vincent y Thomas Strook, dueño de la compañía petrolera Alpha Exploration y aliado de Bush El Viejo. El futuro senador Strook simpatizó con aquel muchacho hiperactivo, desertor de la Universidad de Yale, al que no le asustaba nada ni nadie, ni siquiera la cárcel (estuvo detenido un par de veces por conducir en estado de ebriedad). Por esos años difíciles, se topó con un socio que le abriría muchas puertas secretas, entre ellas las del poder militar: el temido Ronald Rumsfeld.
Gracias al actual secretario de Defensa, Cheney llegó a la Casa Blanca a principios de la administración de Nixon y allí siguió cuando Ford tomó las riendas. Ahí recibió a Reagan y a los dos Bush. Los presidentes republicanos pasaban por la Oficina Oval, uno tras otro; él permanecía entre bambalinas. Era la sombra de sus sombras. Ningún vicepresidente norteamericano tuvo jamás tanto entrenamiento político. Tampoco un poder semejante al suyo —ni un corazón tan débil—.Cheney mereció fama de hombre afable pero inflexible. Durante las pausas de los gobiernos demócratas, ya congresista, votó en contra del aborto, el control de armas, la enmienda para igualdad de derechos a la mujer y se opuso a medidas ambientalistas si afectaban intereses petroleros. En tiempos de Reagan, respaldó la ayuda armada a los opositores del gobierno Sandinista y asumió un rol protagónico durante el escándalo de venta de armas a Irán, en franco desafío al Congreso. Por si fuese poco, se negó a sancionar al régimen de Sudáfrica por practicar el Apartheid y fue el estratega de la invasión a Panamá y la primera Guerra del Golfo. Su aureola de “trabajador incansable” motivó un pésimo chiste de Bush, dicho ante la Sociedad Norteamericana de Editores de Periódicos: “Éste es un titular que me gustaría ver en el futuro: Cheney clonado. ¡El presidente sigue sin tener nada que hacer!”.
Sin embargo, Cheney tiene dos debilidades públicas: su miocardio y su familia. A principios de los noventa, Lynne publicó Cuerpo político, una novela (¿profética?) en la que un vicepresidente de EU muere a los 59 años de un infarto, en los brazos de una presentadora de la televisión. Hace pocos días, el ultra conservador vicepresidente se vio justo donde odia estar: en la pantalla de millones de televisores. En medio de una ríspida campaña presidencial, durante un mitin a orillas del Mississippi, Cheney se distanció del presidente Bush (quien ha defendido la necesidad de una enmienda constitucional que reconozca el matrimonio como una unión exclusiva entre hombres y mujeres) y tomó por los cuernos el tema gay: “La libertad debe ser para todo el mundo por igual”, dijo a quemarropa. ¿Presión o pasión? ¡Valor! Cheney buscó con la mirada los ojos de su esposa y de Mary. Estaban en la tribuna. Mary le hizo un guiño. “Lynne y yo tenemos una hija lesbiana, así que es un asunto que nuestra familia conoce bien. Con respecto a las relaciones, opino que la gente debe ser libre para iniciar la relación que quiera”. Tal vez recordara una frase que su esposa escribió hace años en un polémico libro sobre pedagogía: “Una de las lecciones importantes que podemos aprender es que la libertad no es inevitable. Este entendimiento debería enseñarnos algo: si la libertad que gozamos resulta importante para nosotros, tanto más digno será entonces defenderla”. El viejo Backseat abandonó Mississippi del brazo de Mary y Lynne. Quiero pensar que le latía fuerte el corazón.
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Martes 31 de Agosto de 2004
Y hay dos notas interesantes sobre la peje-marcha...
Les paso los links:
Paradójica marcha Raúl Trejo Delarbre
http://www2.cronica.com.mx/nota.php?idc=141780
Primera movilización
Leopoldo Mendívil
http://www2.cronica.com.mx/nota.php?idc=141778
Suerte,
Victor Hugo Pérez Hdez.
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