¡Ja, mira vos!, hacía un buen tiempo que no me ponía a “reflexionar” sobre el infierno… Si bien de niño me metieron todas esas ideas cristianas del cielo y el infierno, y que el paraíso, y que los angelitos caídos y no sé qué tantas madres, no sé porqué nunca me ha dado mucho miedo… Y yo supongo que es así para una gran mayoría de nosotros; de hecho, para casi todos los adolescentes que han crecido en las últimas dos o tres décadas la idea del infierno es cada vez es más laxa y sin importancia… Por mucho que seamos “occidentales” –sepa la bola qué diablos sea eso–, de una u otra forma la comercialización y frivolidad de la idea del infierno (en gran medida debidas al éxito de esos grupos de rock que se dicen satánicos), al final éste ha pasado a ser más bien un lugarcito con mucho calor y orgías que a nadie asusta realmente. ¡Ni siquiera es capaz de tener suficientes rosquillas como para llenar a Homero Simpson, ni tiene una verga tan grande y gruesa como para que Francis y Alfredo Palacios se sacien…! ¿Entonces, de qué sirve realmente el infierno? Y es que, ¿qué es sufrir realmente? ¿Qué es el cielo realmente? El tedio infinito que tendría por hacer lo que me gusta “por toda la eternidad”, me da tanto miedo como la idea misma del sufrimiento infinito. De hecho la eternidad es lo que más miedo me da, ¿qué voy a hacer en todo ese tiempo? (Y aquí me empieza a agradar mucho más la idea del “Nirvana” que la de “cielo”, pero creo que Franka puede hablar más de eso.) Dejando aparte lo anterior…, la definición judeo-critiana de “bien” y “mal” es tan mediocre, que es incapaz de comprender cabalmente todas las acciones que cualquiera de nosotros hace en su vida cotidiana… “No robarás” (¿en qué medida hacer un buen negocio, o incluso inventar algo que hace obsoleta a otra cosa son un robo?), “No fornicarás con la mujer de tu prójimo” (¿y si fornicas con el hombre de tu prójimo, o si “tu mujer” lo hace con el hombre de su prójima o prójimo…, o si lo haces con un consolador?, digo, ya sé que no se debe tomar de forma literal, pero en el catecismo te lo hacen aprender tal cual, ¿o no?). Incluso el tan respetado “No matarás” se puede relativizar hasta hacernos sentir culpables: ¿y si al comprarme esos tenis Niké ayudo a que algún trabajador asiático muera por tener condiciones laborales pésimas, o si al no comprarlas también lo mato porque entonces ya no tiene fuentes de ingresos que le permitan sobrevivir? (Traten de extrapolar este razonamiento a lo del aborto y pueden llegar a resultados bien cabrones, ¡ja!) En fin, en cualquiera de esos casos me sentiría merecedor del infierno, y ¿entonces qué hago? ¿Cuál es el camino al cielo? ¡Que se vayan a la mierda! Uno termina haciendo lo que puede hacer con total incertidumbre, o, en el mejor de los casos, completamente alienado por algún religioso maniático que se dice poseedor de la verdad de dios. Pero de ahí a que me vengan a convencer de que hay un infierno “absoluto”, o un “cielo”, está cabrón. Es una bonita idea para asustar niños y convencerlos de que no se salgan mucho del huacal del sistema, pero de ahí en fuera me parece más una linda fantasía que algo por lo cual deba preocuparme… Pero ojo, nuestro sistema legal occidental está basado plenamente en la idea del dios cristiano y su infierno, y hasta que no se encuentre un mecanismo alternativo de confianza mutua entre los hombres (no, Abraxas, el altruismo no funciona, no jodas con eso), me parece conveniente “respetar” esa idea, ya que no sólo es algo en lo que mucha gente cree (nadie es poseedor de la verdad absoluta, ¿o sí?), sino que hasta ahora ha “medio” funcionado… ¿O no?
Punto,
yagunzhe
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