Un año son 365 días, una vuelta más de la Tierra al Sol en su danza sobre el espacio infinito. Los humanos de esta época han decidido que sus vidas, sus hechos y hasta sus esperanzas se adapten a esta medida, irrelevante fuera del muy específico contexto terrestre, en su interminable impulso por crear orden en la apabullante complejidad sideral.
Pero, ¿qué es un año para la ausencia? ¿Qué es un año para el vacío que deja un alma en nuestra existencia? Si hubiera de medir en tiempo la tristeza, podría empezar por un periodo de 15 minutos en que por primera vez en mi vida sentí que las fuerzas para mantenerme en pie me faltaban al enterarme de tu partida. O quizás 45 minutos, el periodo tras el cual decidí que lo mejor sería enterrar (infructuosamente) la desolación y tomarme tres shots de cachaza en tu memoria. O quizás los 2 o 3 días en que apenas pude sentir algo más que dolor y necesidad de no mostrar a los demás la agonía que me carcomía. O los 3 o 4 meses en que cualquier palabra, cualquier historia, chiste, gesto o canción detonaba tu recuerdo e inundaba de gotitas de agua salada mis ojos. O los 6 meses que me tomó escribirle finalmente a él. O los dos años en que casi ni habíamos hablado. O los 8 años en los que nuestra amistad fue poco más que un recuerdo lejano. O los casi 14 años que llevaba de conocerte. O el tiempo indefinido que viajamos juntos, en el metro, en el camión, caminando, siendo y no siendo, compartiendo y exorcizando demonios y tonterías. O el tiempo en que me amaste sin decirme. O el tiempo en que te amé sin decirte. O el tiempo en que nos hicimos pendejos. O los instantes en que me agarraste de la pierna en esa peda. O la hora en que estuvimos tan cerca en ese camión de Cuernavaca.
Segundos, minutos, horas, días, meses, años.
Hoy, hace poco más de un año de que falleciste, pero si he de ser sincero, tu lejanía no se mide en tiempo, sino en la intensidad de los recuerdos que me unen a ti. Hoy, ya he dejado de llorar con cualquier palabra o gesto que me recuerda tu presencia. Hoy, puedo recordar tu sonrisa y tus ronquidos sin que un dejo de tristeza nuble mi semblante. Pero hoy, tan sólo 360 y tantos días después de que tu corazón dejara de latir, las memorias que nos unen empiezan a ser cada vez menos fuertes. Te recuerdo un poco menos hoy que hace un año, o dos u ocho (sí, ocho, ocho años hace ya desde que por última vez nos vimos como los amigos inseparables que alguna vez fuimos). Y en 10, 15 o 20 años, si aún existo, quizás las arrugas en mi rostro, los estragos del tiempo y la vida misma, no me permitirán reconocerme en el muchacho aquél que conociste y que vivió algunos de los mejores momentos de su vida contigo. Por eso, cuando medimos el amor en tiempo, nos engañamos tontamente. El amor, la tristeza, la alegría, la desolación no pueden medirse en segundos, minutos, horas, días, meses, años. Nuestra vida, tú vida en especial para mí, no puede reducirse a esas unidades que obstinadamente la reducen y sumergen en el olvido, no. Me niego y renuncio a ese cuentagotas que es el tiempo.
yagunzhe
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