Afoot and light-hearted I take to the open road,
Healthy, free, the world before me,
The long brown path before me leading wherever I choose.
Henceforth I ask not good-fortune,
I myself am good-fortune,
Henceforth I whimper no more, postpone no more, need nothing,
Done with indoor complaints, libraries, querulous criticisms,
Strong and content I travel the open road.

WW

6.9.07

Más allá de las pruebas objetivas del fraude, creo que debería existir una apreciación de otros factores inmersos en el proceso que, mientras aquellos que creemos en la legitimidad de las elecciones consideramos "vicios indeseables de la democracia que no modifican el hecho de la existencia de un ganador", aquellos que creen que "les fue arrebatado el triunfo" no acaban de considerar como parte de una elección "legítima". Claro, cabe preguntarse ¿qué es(era) una elección "legítima" para los ahora inconformes? Y en palabras de muchos perredistas que salieron en los medios días previos a la elección, se puede resumir la respuesta a "la aceptación del triunfo de nuestro candidato". Para estas personas no había otra fuente de legitimidad, ni creo que pudieran concebirla (al menos los más radicalizados).



Obviamente muchos diferimos de esa absurda idea de legitimidad de la elección, pero no dejamos de creer que hubiésemos deseado que muchas cosas no pasaran, e, incluso, que no se hubiera dado un triunfo en las condiciones en que lo hubo (manipulaciones de líderes sindicales, guerras sucias -o "guerras blancas", por llamarle de alguna forma a las promesas ilusorias del otro candidato-, etcétera). Sin embargo, siendo franco, las elecciones son política, intereses en conflicto que muy difícilmente podrían dar paso a elecciones "100% limpias", en prácticamente ningún sistema político moderno. Pero la insistencia en el fraude me da pie a una reflexión: ¿Una elección como la del 2006 -o incluso, con más aspectos negativos-, hasta qué punto debe ser considerada "legítima", y en qué momento deja de serlo? ¿Sin importar cómo se descuarticen los políticos en las elecciones, cuánto gasten, o a qué recursos recurran para ganar, seguiremos creyendo que las elecciones son "legítimas"? ¿En qué momento esos otros "factores" pueden dar paso a una elección "fraudulenta", "no legítima", o como se le quiera llamar?



No sé si en las leyes actuales haya elementos para responder esa pregunta, y aún si los hubiera, no creo que puedan responder satisfactoriamente estas interrogantes para la mayoría de los ciudadanos. Lo que sí sé es que, más que denostar a aquellos que pregonan a los cuatro vientos el fraude, como ciudadanos deberíamos empezar a interrogarnos si "ésta" es la democracia que queremos, y, mucho más relevante, si nuestros políticos son capaces de generar la democracia que deseamos (sin fraudes, mapacherías, chachalaquerías y todas esas cosas). Porque esto último es algo que a los "perredistas del fraude" se les olvida: ellos, esta generación que participó en la elección, fueron partícipes de la conformación del sistema, y su falta de capacidad negociadora les generó muchos de los problemas que enfrentaron en 2006. Esta vez, en este momento histórico, deberán sacar toda su capacidad política para generar otro sistema. Pero francamente no creo que eso sirva para evitar que una y otra vez salgan a las calles a gritar "fraude". ¿Entonces cómo evitar una vez más todos esos espectáculos de mal gusto -o incluso, sucesos más violentos-? No lo sé, sigo pensando en ello.

yagunzhe,

05 de Septiembre

Sobre un comentario en el blog de la redacción de Letras Libres

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