
No son las marcas que el tiempo va dejando sobre mi cuerpo las que me agobian (la muerte y el envejecimiento son tan bienvenidos hoy como siempre), sino el temor a haber perdido ya la intranquilidad del cachorro juguetón que quisiera al mundo de un bocado. Es la sobriedad del alma y los sentidos, es la sabiduría pueril, el hartazgo complaciente...
Supongo es el ineludible destino del cinico.

Sin esperanza o sueños, agobiado y derrotado por la inmensidad de lo eterno.
Es un maldito.
yagunzhe
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