Afoot and light-hearted I take to the open road,
Healthy, free, the world before me,
The long brown path before me leading wherever I choose.
Henceforth I ask not good-fortune,
I myself am good-fortune,
Henceforth I whimper no more, postpone no more, need nothing,
Done with indoor complaints, libraries, querulous criticisms,
Strong and content I travel the open road.

WW

7.10.04

Lo cierto es que no sabía si comentar, o si siquiera debía enviar este artículo. Lo recibí de manera indirecta (http://groups.msn.com/rockerosgay/), y aunque está bastante entretenido, "los argumentos" que emplea el autor no me parecieron adecuados para dar pie a una discusión que no fuera "de mera opinión". Enviarlo sin comentarios podría sugerir que "estoy medianamente de acuerdo con él", lo cual sencillamente no es así. Enviarlo comentado sería dedicarle mucho tiempo a algo que se puede responder con un "amén".

Hace poco un amigo me criticaba por "haber salido del clóset muy cabronamente", y yo le respondía "no me importa, esta pinche sociedad en algún momento tiene que abrirse, y aunque me vaya como en feria por hacerlo, pues ni modo". México es un país en el que el respeto por la individualidad del otro aún es limitado. Nuestra noción del "respeto al derecho ajeno" nunca ha trascendido la de "el respeto al derecho del otro a ser lo que yo creo que 'debe' ser", porque hasta hace muy poco tiempo la idea de diversidad que manejábamos se reducía a los indígenas, los ricos, y "los demás". Ser diferente era, y sigue siendo, un estigma, ya por ser "superior" a los pobres inditos pendejos, o por "no ser corrupto o blanquito como los ricos".

En las últimas dos décadas, conforme la "complejidad" de las relaciones sociales se ha incrementado, conforme la trasmisión de valores liberales del exterior se ha agudizado con la difusión de series de televisión, prensa y música de otros países (o al menos eso creo yo), nos hemos encontrado ante un vacío moral que sólo ha sido llenado con apatía y tolerancia, pero que nunca conllevó una reflexión moral colectiva de porqué era o no "bueno" aceptar estos valores.

Es por eso que nuestra democracia "liberal" es tan frágil. Pasamos prácticamente de la noche a la mañana de una sociedad conservadora y estamentaria, a una sociedad acéfala y contradictoria en la que los valores sociales estaban a debate en la televisión, y "siempre se encontraba un final rosa".

Mas nadie sabía cómo reaccionar ante eso. Los adultos destrozados anímicamente por las crisis económicas, los viejos olvidados y arrinconados (obligados a buscar su superviviencia), y los niños masivamente sometidos a una eduación de dudosa calidad y de poca importancia frente a la televisión, empezaron a conformar un nuevo orden moral tenue, débil y ambiguo, que, a los unos los llevó al cambio de religión, a los otros los llevó a la lucha social "dentro del sistema", y a los más nos orilló a un limbo en el que la corriente de moda era tan defendible como el más arraigado dogma.

Pero el yo profundo del mexicano no podía dormir por siempre. Seguimos siendo un país intensamente católico (con todas sus implicaciones morales, sicólogicas, políticas e históricas), y los valores de la cultura pop liberal gringa no son competencia para la estructura moral judeo-cristiana. La ambigüedad del liberalismo ad hoc que se ha adoptado en nuestro país, y la búsqueda infructuosa (y a veces irreflexiva) de su imposición a las masas por parte de las élites liberales, simplemente no pueden presentarse como una alternativa válida y deseable, ni siquiera complementaria, a la fe católica.

La fe católica, representante de los valores y principios más conservadores, ha sido excepcionalmente buena para permanecer oculta en México: 70 años de hipocresía y "lucha de los revolucionarios por cambiar todo para dejarlo igual", le ha permitido 'mutar' para ser capaz de resistir a ésta o aquella moda de las élites. El fanatismo no se abandona de la noche a la mañana. La cultura, después de todo, sí es determinante de nuestro comportamiento social, político y económico. Y nuestra cultura, por mucho, debe gran parte de su actual conformación a la religión católica más tradicional.

Un editorial como el que leerán a continuación es sólo una muestra de este fenómeno. Espero que comprendan el tono fatalista de mi introducción al leerlo, no exagero, ni creo que mis palabras estén muy lejos de lo que pasa o pasará en un futuro. La debilidad de nuestras instituciones liberales sale a flote en cada prtrada de diario o revista, en cada nuevo programa de televisión, y en cada día que pasamos dándonos cuenta de que todo debe cambiar, y no cambiamos nada.

¿Será que muy por dentro sabemos que no queremos hacerlo?

yagunzhe
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Salir del closet
Bruno Ferrari
Miércoles, 6 de octubre de 2004

La decisión del actual gobierno español en cuanto a considerar como matrimonio a las uniones "estables" entre homosexuales ha sido, desde luego, objeto de gran difusión por ser el tercer país en el mundo, después de Bélgica y Holanda, en legitimar esta situación. Sin embargo, independientemente de los verdaderos motivos que persiga el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, más que cosechar votos por ello, se convierte en un error de graves proporciones, y esto no es porque atente, como de hecho lo hace contra la moral católica, ni tampoco porque afecte a la institución del matrimonio tal como la conocemos jurídicamente desde épocas inmemoriales, sino porque equipara legalmente algo que simplemente no es equiparable, destruyendo, sin que se haya seguido un proceso previo, un análisis profundo y ni siquiera un verdadero debate, el concepto que da base y sustento a la familia occidental.

Se podrán dar las justificaciones que se quieran; sin embargo, sin ningún afán de lastimar a nadie, la verdad es una: la unión entre homosexuales no puede identificarse con el matrimonio, ya que le falta nada menos que uno de los requisitos fundamentales para que exista, es decir, la procreación, la cual para nadie resulta difícil comprender que es imposible entre personas del mismo sexo. Y me atrevo a insistir nuevamente, eso no tiene nada que ver con el reconocimiento y defensa que pueda hacer de esta institución, la iglesia católica, sino porque está muy claro que ya en el derecho romano, el matrimonio sólo podía darse mediante la unión estable entre un hombre y una mujer.

Por lo tanto, calificar como matrimonio a una unión en la que no media la trasmisión de la vida es tanto como retroceder en la historia de nuestra civilización. Así como tratar desigualmente a lo que es igual es una injusticia, tratar igual lo que sencillamente es desigual es aún peor. No puede remediarse una situación injusta con una injusticia, sino actuando justamente, por lo que el argumento de la discriminación a los homosexuales carece de sustento, cuando se pretende darles derechos vulnerando las instituciones del matrimonio y la familia.

Lo más incomprensible de este retrógrado actuar es que va en contra de lo que no hace mucho el Tribunal de Estrasburgo declaró al negar la posibilidad para la adopción efectuada por parejas homosexuales. En aquel entonces se habló de discriminación, como también pretende hacerse ahora. La realidad es muy clara, aunque pretenda confundírsenos con tecnicismos: una pareja del mismo sexo, simplemente por su propia naturaleza, está imposibilitada a la procreación de los hijos por no ser compatibles. Un hombre con otro hombre o una mujer con otra mujer no es complementario. Aun atentando contra la naturaleza se estaría frente a algo que no puede conducir a la unidad. Es algo así como poner un espejo frente a otro. El hecho de que los homosexuales sean respetados en sus derechos no implica que se puedan transgredir los derechos de otros al defender la institución matrimonial como la unidad estable de un hombre y una mujer para la ayuda mutua, procreación y educación de los hijos.

Curiosamente en España, y cada vez más en todo el mundo, pareciera darse un fenómeno muy extraño. Aquellos a quienes antes se les consideraba como marginados, aislados, víctimas de la discriminación e incluso se decía que se encontraban dentro de un closet, no cabe duda que definitivamente han salido de él. Mientras que en su lugar otros parecieran haberse encerrado en aquel sitio.

No sé por qué pareciera haber tanta indiferencia frente a lo que está ocurriendo, quizá la cómoda posición de asistir como espectador a esta lamentable aniquilación del matrimonio, como hasta ahora lo conocemos, impida el que la gente se manifieste masivamente contra estos hechos . Quizás en España, las personas que creían en la estabilidad social basada en la fuerza del matrimonio y la familia, olvidaron que estos principios de certidumbre apoyados en la objeción de conciencia les obligan a desobedecer leyes injustas y a utilizar argumentos sólidos que convenzan a toda una sociedad a negar la injusticia de entregar niños en adopción a parejas de homosexuales.

La inconformidad, siempre que se haga de forma pacífica, sigue siendo un derecho, y protestar contra aquello que consideramos injusto es, al menos, una obligación moral. Qué triste que en España unos salgan del closet y los que antes estaban afuera ahora ocupen su lugar ocultando la cabeza como avestruces que no pueden, o mejor dicho, no quieren hacer valer sus derechos antes de que se destruya la promesa de un mejor futuro para el pueblo español.

e-mail: bferrari@infosel.net.mx
Analista
Tomado de "El financiero"

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