No tengo porqué huir. Estoy en mi casa, cómodo, solo. Lo único que quiero es embriagarme, y en ningún otro lugar de esta ciudad alguien comprendería porqué, sino aquí, en mi propio departamento, dónde tanto he gritado, donde tanto he llorado, y donde tanto semen ha corrido. Es mi lugar. En cada rincón que recorras con tu mirada estará algo que yo pinté, toqué, ensucié, aplasté, besé, maldije o cagué.
No es mío, sí. Pago una renta por él, de muchos dólares, y otras tantas penurias. He destapado el sanitario, matado cucarachas, acabado libros devastadores, gritado como puta, y hasta he llegado a amar en él. Desde su refugio recorro la ciudad con la imaginación, elaborando precipitadas conversaciones, y angustiosos despechos que destrozan mi alma sin siquiera salir de mi cabeza. ¿No es acaso que a veces la mierda que uno trae dentro lo pudre más que toda la que le pueda llegar del exterior? Bueno, pues éste, mi cuarto, ha soportado tanto sufrimiento de mi interior que no puedo más que agradecerle por resistir.
La próxima persona que more en él, tal vez ni siquiera pueda imaginar las danzas árabes que imité, o el griterío infantil que a veces salía de mi garganta al ver algún muchacho guapo asomarse por el balcón. Y eso me aterra.
yagunzhe
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