Ernesto
Sí, así lo deseé. Es mejor esto a esperar que todo venga fortuita y desesperanzadamente. Cuando ya sea muy tarde y ni siquiera pueda decidir por mí. O que quien decida por mí lo haga más por egoísmo que por verdadera afiliación a mi persona. Bueno, realmente no creo haber, hasta ahora, forjado lazos lo suficientemente fuertes como para que alguien, fuera de mi familia nuclear cercana (ahora más distante y fría que nunca), se pueda sentir cercano a mí. ¿Amigos? Sí, pocos, entrañables algunos. Pero siempre distantes. Gente en quien confiar, más no para estas cosas. La mayoría mucho más viejos que yo. No cuentan.
¿Que qué pudiera venir después? No sé. Me importa, pero no tanto como vivir esto ahora. Cuando yo lo he decidido.
No me pondré a justificar mis actos, pues prefiero soportar dentro de mí los remordimientos (que nunca cesarán, ¿para qué negarlo?) y la angustia de saberme así como soy ahora. Lo que yo quería ser.
Convencerlo (engañarlo) fue difícil, sí, sí..., bastante difícil. Pero una vez teniendo la determinación de hacerlo, el proceso de que aceptara no me molestó mucho. Podría creerse que fue algo impulsivo, que no contemplé tantas cosas que de una u otra forma podrían ocurrir en el futuro. Insisto, lo sé. Sé que muchas cosas pueden pasar, cosas buenas, malas, incomprensibles, excitantes, delirantes, bestiales, inmorales, geniales, no sé. Pero creo que ya no quiero saber más.
Cuando veía sus ojos llorosos, perdidos entre la marisma de saberse mitad vivo y el no saberse mitad muerto –aquellos ojos en que yo no podía saber si estaba comprendiendo realmente lo que le estaba diciendo–, mi estómago dolía de una forma horrible. Mis tripas se retorcían y mi gastritis jugaba con mi estómago abriéndolo y cerrándolo como con las piernas de una puta medio muerta a la libre disposición de un depravado (no es broma, así lo creí).
Se lo explique con la voz más serena que pude. Lenta y pausadamente. Como explicándole que sólo le restaban dos o tres días de vida y que todo ése tiempo lo iba a pasar en el hospital.
¿Qué sentiría?
Yo quería saber.
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Cuando al fin se lo dije, sólo pude percibir como señal de que me había oído el que abría un poco más los ojos. Eso era ya algo poco común en él, pues las siempre presentes lagañas que cubrían sus ojos no se lo permitían.
Yo ya había desistido de limpiárselas hace unos 10 días pues era más lo que sufría cuando el áspero trapo con que lo hacía -era un pedazo de algodón, pero para él era áspero-, rozaba cruelmente su delgada y ceniza piel. La cara de dolor que hacía mientras pasaba el trapo sobre sus ojos era lo más cercano a una muerte dolorosa que yo hubiera presenciado. Y no era nada agradable.
Pero abrió un poco más sus otrora (creo yo que así eran) expresivos ojos, y fue como si diera la risotada de su vida. “Es cruel que juegues conmigo de esa forma”, debió haber pensado. No pudo menos que creer que yo quería aprovecharme de su dolor. Yo no lo había conocido más que dos semanas y para él yo sólo era el extraño caritativo que se llevaba el cómodo cuando era necesario, y que a veces se ofrecía a darle de comer... a cucharadas pequeñas y siempre rechazadas.
Pero esto iba en serio. Y él no parecía entenderlo, tal vez creía que su mente le jugaba alguna broma. ¿Cómo podría saberlo? Tardé en hacerle ver que mi petición no sólo era formal, sino que era urgente que lo hiciera. Tardar un poco más significaba que tal vez ya no podría hacerlo. No sabía cuando fallecería.
Al ver que era imposible que me diera una respuesta inteligible (llevaba más de una semana sin pronunciar una palabra, una verdadera palabra), me decidí a no pedirle permiso y simplemente esperar a que estuviera dormido.
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Con él fui tan sensual como nunca lo había sido. Nunca sino hasta tener frente a mí su cuerpo casi inerte y necesitado de algo de cariño, mi interior clamó por confortar a un cuerpo extraño. Ni siquiera cuando murió mi madre sentí algo así. Era un impulso sereno pero potente. Un casi instinto que llevaba mi mano hasta su frente (morena, calva y siempre sudorosa), que me hacía apenas rozar con mis dedos su piel, acariciar el suave vello de su tórax, que me hacía sentir un empeñoso deseo de abrazarlo, de rozar todo mi cuerpo en su enjuta y débil masa vital que a penas y podría llamarse cuerpo. Me gustaba bañarlo. Si estaba de buen humor –él–, jugaba con sus pezones hasta que se erectaran un poco, y si esbozaba la más mínima sonrisa, los besaba. A escondidas de las enfermeras me gustaba pasar mi mano por sus piernas que aún conservaban algo de vello.
Nunca me atreví a tocar sus genitales si no era con la esponja con que a veces lo bañaba, y aún así por las noches, en mi casa, me masturbaba al pensar en esa suave verga que tal vez nunca más se erectaría. Lo que más me gustaba, lo que me hacía sentir más como un humano y no como un pedazo de carne deseosa de sexo, era posar mis manos entre sus sobacos al levantarlo para que comiera: Sentir ese calorcillo, ese sudor, ese hueco carnoso... ¡Dios! Y pensar que...
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En fin, me decidí a hacerlo. Espere que estuviera dormido y tomé la jeringa. No era muy grande, era como una jeringa de insulina. Suficientemente.
Él apenas y sintió el piquete, sólo hizo un leve gemido que bien pudo haber sido emitido por tener una pesadilla. Su sangre entraba lentamente en la jeringa. Sentí algo de remordimiento por robarle algunas de sus pocas defensas tan necesitadas por su débil cuerpo. Pero era imposible obtener el virus y dejarle toda su sangre. No éramos del mismo tipo sanguíneo, de lo contrario le hubiera dado un poco de la mía.
Sólo la vi un momento, roja, algo parda, extrañamente silenciadora. Era imposible no sentir un poco de solemnidad ante ese pequeño tubo.
Y lo hice.
Él murió dos o tres días después. Una pulmonía. A mí me dio algo de tos. Hoy, tres meses después, sigo sin saber si tengo o no el virus. No he podido decidirme a hacer la prueba, aunque supongo hay una alta probabilidad de que sí esté infectado. He seguido mi rutina normal, doy clases de 7 a 2 y de 4 a 6. Visito el albergue de lunes a viernes unas tres horas, y el hospital sábados y domingos todo el día. A veces, por las noches, me masturbo furiosamente, como queriendo extraer esa sangre que le quité a través de mi uretra. Una vez sí salió algo de sangre, pero no tanta como la que le quité. No sé qué será de mí. Pero lo obtuve porque así lo quería. Lo quise así.
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