No se escuchó más que un golpe seco y profundo. Todos aquellos que lo oímos no creímos que fuera otra cosa que un cohete, de esos que tanto se utilizan en las fiestas patronales de las iglesias cercanas. Pero esta vez era diferente. Todos lo supimos cuando no se repitió el estruendo. Siempre que hay novenarios, se le hace saber a la gente que es hora de la misa con una serie de ocho o nueve detonaciones fuertes que no espantan ni a los recién nacidos.
Pero este vino solo. A oscuras. Sin humo en el cielo. Sólo ese golpe hediondo y nauseabundo que con tan solo recordarle te hacía desear darte una buena enchilada pa' que se pasara el mal sabor de boca. Pero seguía ahí.
Después de que sonó, todo siguio igual. Todos nos hicimos los que no oímos. Pero ahí se quedó.
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