Afoot and light-hearted I take to the open road,
Healthy, free, the world before me,
The long brown path before me leading wherever I choose.
Henceforth I ask not good-fortune,
I myself am good-fortune,
Henceforth I whimper no more, postpone no more, need nothing,
Done with indoor complaints, libraries, querulous criticisms,
Strong and content I travel the open road.

WW

29.11.03

Jesús

Ella está ahí. Él se da la vuelta para no verla y se acomoda la almohada. En el buró está la foto de su hermano Adolfo; sonríe y cierra los ojos. “¡Qué guapo solía ser ese desgraciado!” La incomodidad interna lo cansa y decide levantarse. Un café logrará hacerlo olvidar.
Ella ni siquiera nota su ausencia. Dormirá hasta tarde. Ayer tuvo un día largo en la oficina y, cuando es así, mejor ni acercársele (suele ponerse cachonda y eso es lo que él menos quiere). Ni siquiera se detiene a mirarla. Se rasca la entrepierna y hace su ademán de “al carajo”. Mientras su mano corta el aire recuerda que a ella no le gusta que haga esa seña: “se ve demasiado afeminado.”
La cocina está fría. Él sólo lleva puestas unas sandalias y el calzoncillo que a ella le encanta que use en las mañanas. Se sienta en una de las sillas de madera del desayunador, y juega un poco con los pliegues que se forman en su vientre. Recorre con el dedo índice el sendero de vello que va de su ombligo al calzoncillo y siente una pequeña erección.
–¡Demonios!
Se masturba un poco y, al ver que el pene está totalmente erecto, se quita los calzones y sube apresurado al dormitorio. Discretamente se mete en la cama y rápidamente abraza a la mujer con fuerza. “Que lo sienta la cabrona.” Tras un pequeño grito, ella le reclama:
–¡¿Pero qué es esto?! ¡Ahora no, quítateme de encima, bruto!
Él le contesta con su afeminada y grave voz:
–¿No que querías un mañanero uno de estos días? No seas mala, ¿sí, sí, mi cielito, mi queridita?, ¡porfa, tengo ganas…!
–¡Ay no, otro día…, mañana!– dice ella con voz meliflua.
Él entiende la “indirecta” y empieza a besarle el costado. Ella no presenta la menor resistencia y, tras poca resistencia, en un solo movimiento se quita el camisón y se pone boca arriba. Él le besa las tetas delicadamente, y ella gime de placer. Finalmente se ubica cada uno en su posición, y él empieza los empellones; trata de cerrar los ojos, pero los gritos de placer que emite la mujer lo asustan. Baja la mirada para verla y puede observar (ya no sólo sentir) como esas aguadas tetas se mueven gelatinosamente. Luego la ve a la cara, y el asco que le embarga al verla así, con toda la boca abierta y pidiendo “¡Ohhh, sí, papito, más, más!”, terminan haciéndole perder la erección.
Intenta conservar el pene rígido unos instantes más, pero, al no poder, se excusa, “ya terminé.” “¿Ya?, ¡oh vamos, un poco más!”, replica ella. Él baja al colchón y evita los ojos de insatisfacción de la mujer tapándose la cara con las manos. Se sienta sobre el colchón y enciende un cigarrillo.
–¡Ah, no, ahora me cumples! –lo increpa ella, jalándolo hacia sí.
–Ya terminé. ¿Qué quieres que haga? –responde él con tono angustioso mientras sale de la cama violentamente.
–Deberíamos visitar a un urólogo. Esto no es normal, cariño. No podemos seguir así, ¿así cuándo podremos darle un nieto a tus padres?
–¿Para qué querríamos hacer eso? Ellos ni siquiera pudieron criar bien a sus hijos, ¿quieres que traigamos más escuincles al mundo para que los echen a perder como al Fito? No, definitivamente no.
–Bueno, entonces por mí, cariño. No soporto que siempre sea así.
–Tú sabías que así era, y decidiste seguir con esto. No es mi culpa.
–Pero yo pensé que con el tiempo todo mejoraría, que en uno o dos años…
–Ya llevamos siete y nada ha cambiado, ¿no crees que es algo que no se puede cambiar? No soy un perrito al que le puedas enseñar gracias cuando te apetezca.
–¿Qué quieres que haga? ¿Qué quieres de mí? No sé qué más hacer para tratar de que seamos felices. No sé qué más…
–Bueno, tal vez después de todo no somos el uno para el otro.
–¿Qué insinúas? –dice ella mientras se pone de pie y lo abraza por la espalda, él la rechaza y sale de la habitación.
Él baja hacia la cocina, recoge su calzoncillo y se lo pone. Se sirve una taza de café y mira de reojo las escaleras para ver si ella viene, pero no hay rastros de su presencia. “Tal vez ahora sí me pasé.” Oye pasos, y se da vuelta para evitar verla bajar.
Toda despeinada, con los ojos llorosos y con una ridícula bata amarilla, se le acerca lastimeramente, como si estuviera a punto de dar una disculpa. Se planta frente a él y sólo atina a poner su gesto más afligido…
–¿Es verdad lo que dijiste? –le pregunta a él.
–No, no, no sé. Es sólo que…
–Tienes que decirme la verdad, no podemos estar amargándonos la vida el uno al otro para siempre. No sé cuánto tiempo más podamos soportar esta situación, no sé cuánto tiempo más yo pueda tolerar esto. Yo no quiero seguir así, quiero que me ames, que seas el chico alegre y cariñoso que conocí, que dejemos de pelear, que… que… no sé… No quiero que terminemos así, ¡Chucho, por favor!
Él puede verla bien ahora. “¡Es lindísima!”, piensa. Pero sabe bien que esta vez eso no funcionará. El maltratado cabello, las patas de gallo, la nariz aguileña, su expresión cansada… son imposibles de ignorar esta vez.
–No, no sé qué decirte…
–Dime lo que sientes, dime lo que quieres de mí, dime qué puedo hacer para cambiar esto, podemos hacerlo juntos, cariño. No… –y lo abraza lloriqueando.
Él no sabe qué hacer. Finalmente se rinde y la abraza también. Titubea.
–Necesito tiempo, necesito tiempo, Cris –le dice él mientras la separa delicadamente de sí y la mira con sinceridad a los ojos–. Necesito tiempo.
–Pero, ¿cuánto? ¿Cuánto más crees que te pueda esperar? ¿Qué quieres hacer, quieres irte de la casa? ¿Regresar con tus padres? Esa no es la solución, Chucho, juntos podemos hacerlo diferente esta vez.
–No, con mis padres esta vez no. Por favor comprende, necesito ausentarme unos días, ¿puedes entenderlo, por mí?
–¿Y a dónde más quieres ir?, ¡no creas que te voy a pagar unas vacaciones en este momento, no puedo!
–No, no será necesario, ya veré que hago.
Se separa por completo y sube a la recámara. Ella lo sigue y, sin quitar su expresión de angustia, lo ve mientras prepara sus maletas, pero no trata de evitarlo.
–Huir no es la respuesta Jesús. El problema está aquí, conmigo, tenemos que enfrentarlo juntos. No me dejes ahora, no sé si pueda soportarlo. ¡No da para eso, Jesús, no da!
–No, Cris, no, el problema no está aquí contigo, ¿porqué no quieres entender? Tú no eres el problema, soy yo. Necesito tiempo para saber qué es lo que espero de mi vida. Por favor, entiéndeme.
Cierra la última maleta (sólo lleva dos), y se enfila hacia las escaleras. Ella lo sigue mientras baja y se va hacia la puerta de la calle.
–¿Cuándo volverás…? ¿Y si habla tú madre, dónde le digo que estás? ¿Y yo qué hago mientras? ¡Jesús, no me hagas esto, regresa!
Él atraviesa la puerta y al darse la vuelta para despedirse le dice:
–Voy con mi primo Gabriel. Cuando llegue con él, le hablaré a mi madre para que no venga aquí. Nos vemos, Cris.
Al oír esas palabras ella comprende lo que está pasando, su expresión cambia en un santiamén de la tristeza profunda a una ira encarnizada.
–¡Ahhh, ahora entiendo! Prefieres ir a la casa de ese maricón que estar en la nuestra, ¿verdad?! ¡Eso era lo menos que podía esperar de ti, maricón, poco hombre…, sí, vete con tu primo a su reunión de mariquitas, imbécil…! ¡Pero óyeme bien, si te vas, no vuelvas…, no quiero saber nada más de ti, eso me pasa por recoger puñales de mierda! ¡Vete al carajo, vete, imbécil…!
Pero por más que gritó, Jesús no dio marcha atrás. Luego de un rato, él ya sólo alcanzó a oír un fuerte portazo que se perdía a la distancia. “¿Qué hiciste, pendejo?”, pensó, pero en ningún momento aminoró el paso
§§§
Las teclas del teléfono público eran frías, como casi todo lo que estaba a su alrededor. Nunca antes había sentido las solitarias calles tan sobrias, faltas de vida. Había salido con tan sólo 50 pesos y 30 los había usado en la tarjeta de teléfono. Si Gabriel no lo recibía tendría que ir con sus padres, lo cual ya no era una opción para él. Treinta y tres años no son una bicoca, e iniciar una vida con ellos a estas alturas le parecía atroz.
El tono de espera lo inquietaba. No había traído cigarros, y tenía unas ganas terribles de fumar. Pero si compraba una cajetilla se quedaría sin efectivo. “Maldita sea, ¿porqué no contesta?”
–¿Bueno?, buen día, ¿quién llama? –se oyó al otro lado de la línea, una voz tranquila, grave, confiada.
–Hola, ¿Gabriel? Soy Chucho, tu primo.
–¿Qué hubo, marre?, ¡qué milagro que llamas, creí que habías perdido el número! ¿Cómo está tu esposa?
–Necesito verte, ¿podríamos vernos hoy?
–¡Claro, hombre, no faltaba más! Justo este fin me cancelaron una escapadita a Puebla que iba a…, pero luego te cuento. Mejor dime, ¿dónde nos vemos, o a qué hora?
–Lo más pronto posible, y no tengo mucho dinero, ¿podría ser en tu casa? –dijo con tono apenado, pero extrañamente firme.
–¡Hombre, no faltaba más!, si no te importa el relajo que tengo acá, pues igual… ¿Sabes cómo llegar?
–No tengo ni la dirección.
–Hmmm… ¿Podría ser ahorita? Si quieres ahorita mismo te voy a recoger donde estés.
–Está perfecto, yo estoy en metro Consulado.
–¡Ahhh, mira! Está lejitos. Mira, métete al metro, y te vas en dirección Santa Anita hasta Candelaria, ahí te bajas y te vas a la línea rosa, y de ahí a Juanacatlán, dirección Observatorio ¿llegas?
–Sí, sí.
–Bueno, pues ahí te espero, en dirección Observatorio, a la mitad del andén, ¿sale?
–Sí, entonces en Juanacatlán de la línea rosa. ¿Cómo cuánto hago para allá?
–Una media hora o tres cuartos de hora. Yo ahí te espero, primo.
–Perfecto, y oye…, gracias.
–Ja, no hay de qué, hombre, al contrario, ¡qué gustazo que te dejes ver!
–Bueno, entonces llego allá como en media hora. Nos vemos, primo.
–Nos vemos, te vienes con cuidado.
–Sale, nos vemos.
Colgó y una extraña calma lo invadió. Miró el reflejo de sus ojos en la pantalla del teléfono y por un instante se dio cuento de que tal vez todo esto no era una buena idea. Su primo le había ofrecido su ayuda para independizarse de su mujer una vez, y aunque al fin estaba preparado para ello, no sabía si su primo aún estaría dispuesto a ayudarle. Lo único que lo impulsaba a seguir eran las pocas palabras que recordaba de aquella conversación: “Mira primo, yo no sé porqué haces esto. Yo siempre creí que tú me allanarías el camino para cuando decidiera presentarme como lo que soy en la familia, pero a la mera hora te me rajaste. Si quieres formar familia con una mujer, está bien, comprendo, pero si alguna vez quieres…, tú sabes, dejarla, búscame. Y te apoyo con lo que necesites, ser gay no es tan malo como parece…” Se lo dijo a menos de una semana de su boda, con un descaro que él no toleró. Y esa vez se había levantado de la mesa donde estaban, y no le había dirigido la palabra a Gabriel desde entonces. Ya eran más de 7 años de eso, pero en el hablar campechano de Gabriel no se notaba ni una pizca de resentimiento. Y eso lo tranquilizaba.
Cuando llegó a Juanacatlán ya lo estaba esperando Gabriel. No había cambiado mucho desde la última vez que lo vio, sólo estaba un poco mejor vestido (pero no mucho, siempre había sido un fachoso), y un poco menos escurrido.
–Hola primo, ¿cómo has estado? Ya tenía un tiempo que no te veía, ¡eh! –le dijo Gabriel mientras le daba un apretón de manos y se abalanzaba sobre él para darle un abrazo.
–Sí, algo de tiempo. Lástima que sea en estas circunstancias –respondió Jesús sin saber cómo reaccionar a la efusividad del primo, quien, al comprender la situación, se separó de él apenado.
–¡Uy, ya veo!, pero, bueno, ya luego hablaremos de eso. Vente, afuera está el carro, ¿pasamos a comprar unos tamalitos para desayunar? Recién cuando me hablaste me iba despertando, ¿ya desayunaste? Dame una maleta, te ayudo.
Una vez más la forma amable y confiada de Gabriel lo llenó de una extraña familiaridad que le hizo olvidar por un momento a Cristina y todo lo que lo había llevado a ese lugar. Contagiándose por la obsequiosa actitud de Gabriel, puso una sonrisa en el rostro y finalmente le contestó:
–Sí, sí, tomé un café antes de salir. ¿Cómo ha estado tu mamá?
Después de una larga charla sobre la familia y lo que había sido de las hermanas de Gabriel en los últimos años, finalmente llegaron al edificio donde vivía éste. Era un edificio de apartamentos algo viejo, pero bien cuidado. Él vivía en el segundo piso, así que subieron por las escaleras. Un sofá y un televisor enormes llenaban el lugar, pero, como el resto de la casa, eran un desastre, había papeles por todos lados y el único rincón que parecía estar algo ordenado era el lugar de la computadora, una habitación al fondo, justo al lado de la recámara. A pesar de lo anterior, el conjunto era acogedor. No olía a humedad como la casa de Cristina, y sólo había un ligero olor a cigarro, lo que le extrañó a Jesús, pues hasta donde sabía Gabriel era un anti-tabaco empedernido.
–Veo que has cambiado bastante, primo.
–Sí, algo. Me hice vicioso, tomo, fumo, y me la paso de huevón todo el tiempo que puedo. Desde que me dejó Julio, ni siquiera he recogido la casa. De haber sabido que vendrías con más anticipación, hubiera recogido algo, pero bueno, ya habrá tiempo de eso.
–¿Julio? ¡Mira, entonces no has perdido el tiempo, ¿eh, coscolino?! Quién te viera, siempre fuiste tan seriecito.
–¡Ja, pendejito dirás! Los primeros “novios” que tuve me chingaron hasta lo que no. Ya luego fui agarrando callo, y no me fue tan mal, pero igual ya ves. Ahorita estoy feliz solito y sin compromisos. Ya cuando ande en los 40 o 50 me preocuparé por conseguir un quelite, ahorita mejor me lo tomo con tranquilidad. ¿De qué quieres el atole, el de fresa o el champurrado?
–El que sea, da igual.
Estuvieron un rato comiendo los tamales, y compitiendo por ver quién había hecho más panza en ese tiempo. Después de un breve silencio (uno de esos pocos en la vida que, en vez de ser incómodos, son como una muestra de la satisfacción que embarga a los presentes), Jesús empezó a hablar, con seriedad, pero sin tristeza en el rostro:
–La dejé. No podía continuar con ella. Todo simplemente iba de mal en peor.
Gabriel lo miro con ojos inquisitivos, pero prefirió quedarse callado en lo que él contaba su historia.
–Todo el tiempo peleábamos, y siempre era como una competencia por ver quien era más hipócrita para negar lo obvio. Cuando ella llegaba del trabajo yo siempre tenía que recibirla como si fuera una princesa, y siempre diciéndole de cariñitos y tontería y media. Pero lo cierto es que desde hace más de dos años ni siquiera logro…, ehhh, tú sabes…, ni una sola vez –dijo con extraña naturalidad, como si Gabriel fuera un confidente de años–. Me choca su voz chillona, me chocan sus desplantes de “si no te parece, vete con tu mamá”, y sobre todo me choca cómo siempre quiere embarrarme sus chiches en la cara, primo. No sé cómo podría continuar tolerando algo así. No sé cómo –dijo, esta vez con una mirada evidentemente abrumada.
­–¿Y se lo has dicho a ella? –interrumpió Gabriel.
–Ella sólo se preocupa de que no se la ensarte tanto como quisiera y que no tengamos hijos. ¡La muy puta, a sus cuarenta y tantos y quiere tener hijos! ¿Y qué clase de educación les quiere dar con la forma en que vivimos? Con un papá maricón y una madre como ella seguro saldrían bonitos los chamacos. Y mejor le dije basta. Agarré lo que pude y me salí de allí, no sabía a dónde más recurrir. Mi madre ya me dijo que mis problemas maritales se arreglan en casa y que no tengo que ir a pedirle chiche a ella o a papá. Y tiene razón, ellos ya me dieron bastante como para preocuparse más por mí.
–Hmmm… ¿Y…, qué piensas hacer si te separas de Cristina?
–Pues no sé. Por eso vine aquí, contigo. Después de quién sabe cuántos años de ser un bueno para nada, no sé ni siquiera trabajar para mantenerme. Pero no puedo regresar con ella. No, eso no da para más. No sé qué hacer, primo, en serio, estoy en un hoyo en el que no sé ni cómo me metí.
–¡Híjoles, primo!, pues, bueno, por lo mientras te puedes quedar por aquí. Como es sábado, no se puede hacer mucho, pero porqué no te tomas unos días para pensar bien qué es lo que quieres de tu vida y ves si…, pues a ver si te arreglas con Cristina, o te decides a empezar de nuevo, o a ver qué. Acá yo estoy muy poco, y podemos habilitar aquel sillón para que estés cómodo. Por lo demás, será bueno tener compañía para variar. ¿Qué dices?
–Gracias primo, en serio gracias. Con Cristina definitivamente no voy a volver. Ya me harté de estar de mantenido, tratando de cumplirle sus deseos a la señorita como si fuera la gran cosa. Ya fueron siete años de pudrirme por dentro, haciéndole al cuento de que soy algo que no soy. No quiero volver a lo mismo nunca más.
–Ja, no mames, ¿hablas en serio?, en fin, ya se verá. Hoy y mañana son día de visita familiar, así que voy ir a casa, ¿vienes?
–¿Con mi tía Ana?
–¡Pues claro!, digo, si quieres pasamos con tu mamá, pero yo digo que mejor primero pienses en qué le vas a decir, y luego vas. Con mi ‘má no hay tanto pedo, y a ella le encantará verte. Además hoy me prometió que iba a hacer la gelatina esa que tanto te gusta, ¿te acuerdas? ¿Qué dices, vienes?
–Ja, no me mientas. Hace años que no pruebo esa gelatina.
–Pues con más razón. Ándale, vente y nos damos un atracón de primera línea. Y en la noche te llevo a que conozcas algunos amigos, chance y te ligas algo.
Gabriel sabía que había metido la pata una vez más. Y aunque trató de actuar de forma natural mientras esperaba la respuesta de su primo temió que lo estuviera presionando demasiado. No quería perder a Jesús de nuevo. Jesús no mostró estar enojado, pero tardó para contestar:
–Ja, oye, me acabo de separar y ya quieres que…
–Es una sugerencia, aunque apuesto que después de quien sabe cuánto tiempo…, no te caería mal…
–Ja, ja, ja, ¡ay primo, en serio que has cambiado!
–¿Qué, dije algo malo?
–No, al contrario, me da gusto haber venido contigo.–Bueno, pues, no te hagas de papeles y… vámonos.

yagunzhe

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